04 Feb

Huachicoleo cultural… ¿existe?

Desde su planteamiento en campaña, Andrés Manuel López Obrador afirmó que su cruzada anticorrupción abarcaría muchos de los problemas pendientes en la administración de Enrique Peña Nieto.

El huachicoleo, nombre usado en México para el robo de combustible a través de los ductos principales y ramales en la red de distribución, es una práctica que movió millones de dólares ilegales en el país. Obtener combustible en algunas zonas ha sido complicado, pues el cierre de los ductos para su reparación y transportación en pipas ha sido insuficiente para un país que vive aterrizado en la época industrial.

El daño económico que esta práctica produce a una economía basada en movilidad por hidrocarburos (Industria 2.0 y 3.0) es significativa y afecta de forma generalizada a los diversos sectores económicos.

Pero si lo pensamos un poco más, existen otras prácticas “huachicoleras” que afectan también al sector cultural en México.

¿El huachicol cultural existe?

Como diría Andrés Manuel López en su conferencia matutina del 27 de diciembre de 2018: “Yo no tengo evidencias de que los directores de Pemex participaban en el robo de combustible. Lo que sí sé es que tenían conocimiento, de eso no tengo duda. Sabían, pero no puedo sostener con pruebas que participaban. De que sabían, sabían, porque hay hasta estadísticas. Se contrataban sistemas precisamente para la vigilancia de ductos, para medir la presión de ductos.”

En México, los programas de apoyo y recursos para el desarrollo de las actividades culturales son regulados para su entrega, pero nunca para su comprobación. Me refiero particularmente a los estímulos a creadores que otorgan recursos a proyectos de todo tipo a nivel federal, estatal y municipal en contadas ocasiones.

Las administraciones locales se apoyan en los recursos culturales para financiar otras “necesidades prioritarias” en sus localidades, sin realizar un diagnóstico claro sobre la cultura. Toman recursos para hacer algunos festivales populares en fechas comerciales. En el mejor de los casos, se pasan recursos a las iglesias para fiestas patronales.

Pero no se incentiva el desarrollo de una oficina o cabildo de cultura. No se estudia o implementa una estrategia de proyecto cultural a corto, mediano y largo plazo. Se organizan tianguis culturales para la compra venta de artesanía, exposición de actividades artísticas y se rentan algún equipo de sonido local para amenizar el evento. Y hasta ahí se queda el intento. Una vez al año si bien les va a esas comunidades.

No existen mecanismos de tabulación para generar proyectos, no hay censos de actividad cultural en los municipios, colonias, centros culturales. Casas de cultura que sobreviven con recepcionista, un vigilante y oficinas que ocupan áreas administrativas que no alcanzaron espacio en los palacios municipales, pero como ahí se paga la luz, hay que aprovecharlos.

No se aporta recurso a la contratación de maestros, talleristas o artistas locales para implementar programas. Es más fácil que llegue el maestro de zumba a vender sus fajas, cremas y ropa reductora. Total, al cierre de la semana o mes le “cae” con su parte y todos contentos.  ¿Y esos recursos quien los audita?

Eso sí,  el día del municipio o las fiestas patrias, posadas y fechas comerciales (10 de mayo, 30 de abril y fiesta de la comunidad) se contratan al artista más reconocido posible (o abaratado por el promotor pues la chamba durante el año bajó gracias a los Youtubers) para que “engalane” la celebración y de paso, atraer a 2000 personas a la plaza del pueblo, sacar fotos y ponerlo en el reporte de actividades con la cifra en negritas. ¡Ya cumplimos!

¿Y el huachicoleo cultural de bajo perfil?

Pues ese está metido en los “moches” que tan inocentemente algunos senadores dicen con entusiasmo que ya se va a acabar en este gobierno.

Está metido en la falta de transparencia en el proceso de asignación, evaluación y calificación de los proyectos culturales presentados en las convocatorias para los fondos.

Está en la interpretación de que los recursos asignados a artistas son “fondo perdido”, donde para comprobar, basta hacer una presentación del proyecto y entregar una lista de recursos con facturas infladas para completar expedientes.

Está en la extraña forma de no rechazar un estímulo económico, cuando se ha sido beneficiado continuamente, porque se convierte en zona de confort y forma de vida.

Está en las docenas de cursos especializados en armar carpetas de petición para “bajar recursos” de gobierno, enseñando a hacer el cálculo real de lo pedido y margen de moche aproximado (sí, el moche también cuenta en esos cursos).

Está en la programación de artistas internacionales porque un cúmulo de élite social local,  se empeña en el mesianismo absurdo de que la comunidad necesita “más cultura” (obviamente la que le gusta) y descarta totalmente a sus artistas locales en general.

Está en la recompra de espacios culturales por locatarios o influyentes de gobierno para poner divisiones con tabla roca y crear locales con cortinas para vender lo que se pueda.

Pero la práctica que más lastima a la cultura del país, es aquella donde el artista mismo se convence de que su proceso cultural debería ser proyecto nacional, pasando por encima del reconocimiento a los derechos culturales de otros y se convierte en huachicolero cultural al servicio de otros huachicoleros culturales de más arriba, a cambio de algunos bienes muebles e inmuebles, posiciones administrativas y/o políticas o en el peor de los casos, un sueldo de aviador por sus “servicios”.

Conclusión

Este artículo no es una broma.

Es una realidad que seguirá existiendo mientras la comunidad cultural (dije comunidad, no élite) siga ausente de su responsabilidad civil, social y política en materia cultural. Mientras siga atesorando la confortable disfuncionalidad cultural visionaria  (justiciero artístico, estético y del buen gusto),  corra a gritar el día de la votación para el presupuesto en cultura con un hashtag viral, reclamando haber cruzado una boleta en masa y  se consuele a sí mismo pensando que eso le traerá un plato de comida a la mesa, dignificación de la profesión y reconocimiento social en la cultura.

Una comunidad que se sigue haciendo de la vista gorda cuando ya le tocó recurso a su proyecto y no permite a otros recibirlo,  presentándose puntualmente a cada convocatoria posible, porque ya sabe que su trayectoria le “avala” y por eso le va a tocar, a pesar de que algunos hacen verdaderos milagros sin recursos.

Una comunidad  que no quiere trabajar en su propia realidad artística, porque los límites entre la sanidad cultural y el sueño europeo son cosas distintas.

Mientras esa comunidad cultural no quiera despertar y ensuciarse las manos para mover a su sector entre leyes, recursos, dimes, diretes, descalificaciones y esfuerzo, porque quiere tenerlas “limpias” para recibir su parte de huachicol cultural, entonces no podemos imaginar un mejor país con cultura.

¿Ahora entiendes el desabasto económico cultural?

Rafa Mendoza es asesor estratégico para la industria musical.

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